viernes, 18 de septiembre de 2009

Ensayo que no lo parece, de un cuento de hadas, que ya no tiene más campanitas


Es lógico que aquella mañana, no pensó, no quería pensar y no es que fuera su costumbre, el solamente se dejo llevar una vez aquel día. Y aun si lo hubiese pensado, el sabia, que quizá, era inevitable; si es que desde el primer momento en el que se le acercó, supo que existia algo en ella que no era compatible con su vida y era precisamente ese “algo” el que se había encargado de unirlos en aquel abrazo, que a juicio de una de las partes, hasta el día de hoy nunca fue nada más que solo eterno. ¿Y qué tiene de malo que él se dejara alcanzar de aquella manera tan absurdamente blanca? , el no lo pidió; si se rompió algún corazón, en realidad y usando su lógica, de verdad no fue su culpa.
Sí, es muy cierto, es verdad, tomo todo el cariño solo por capricho. Sabía muy bien que su conciencia escapo de su cuerpo durante aquellas horas, que su espíritu y alma cambiaron por un extraño momento y así fue y así será y de esta manera quedo grabado en su corazón, para siempre. Si llegara a tomar su mano hoy nuevamente, podría sentirlo, podría al menos recordarlo, podría ser él y otro al mismo tiempo, sería un niño y seria un adulto en un mismo cuerpo, alcanzaría a escuchar al viento a sentir el olor a agua, el olor a mar, el sabor a cielo; solo, por el recuerdo de un beso. Se equivocó, a pesar de las apariencias, el sabe que lo sabe, pero la tradición es negarlo y las tradiciones se aceptan, si decide no hacerlo, deberá cambiar su vida perfecta y volverla imperfecta; quizá el no logra entender porque, y es así como necesariamente trata de hacer espacio dentro de su cabeza, los recién llegados pensamientos lo exigen. De este modo mejor camina, camina y no flota, camina y no corre, camina porque no quiere perderse entre su estupidez, no quiere sentirse idiota; no lo quiere y por eso camina.


Cada día, luego de tomar su posición de trabajo en su escritorio grisáceo café, luego de organizar sus ideas y de colocar sus manos con pobre precisión en su pluma azul de punta gruesa acostumbrada a materializar agudas ideas, mira de reojo directamente hacia la otra esquina de la habitación, y exactamente allí esta ella, diez mil veces la ha visto desde entonces, diez mil veces le hablo de plástico y papel, de enormes abismos de tierra, de cajitas llenas de cosas que realmente no existen, no existen y francamente, entre ellos no importan, no cuentan. No se vale en este extraño mundo preguntarse nada, el sabe que vive en esta burbuja sin saber porque lo hace y sabe muy bien que no tiene la menor de las ideas del por qué no vive solo en ella. No se vale aclarar dudas, están vedadas las ideologías, los pensamientos radicales, lo cierto es que ninguno de los dos quiere saber cuánto duele darse cuenta, de lo que sea que deben darse cuenta, lo que sucede es que esta burbuja es única en su especie, porque no es translucida, es completamente negra, no se ve para adentro y ninguno de los dos se ha atrevido a ver hacia afuera.


El héroe de nuestra historia, olvidándolo todo tomo una pequeña maleta y empaco todo lo que hasta esa mañana estaba tan a gusto en su habitación, pero todo lo que hasta esa mañana había sido una colosal montaña; desde él mismo, hasta aquellas molestas apariencias ,que siempre, parecían fabricadas de barro, sus prejuicios y buena parte de sus miedos, el lo sabia claramente, entendía perfectamente lo que hacía y no le importó, al fin aquella mañana tan naranja, no le importó. Una vez que hubo terminado el exhaustivo ejercicio de renunciar a si mismo solo para encontrarse otra vez, decidió cerrar la puerta. Cuando supo cautivos todos sus pensamientos, que no tenían nada de antiguos, pero si mucho de viejos, caminó por aquella callecita con piedras, sobre aquellas piedras abrigadas por musgo, bajo aquel cielo, anegado en colores impalpables, de los que aun hoy día nadie sabe, de los que mañana solo él sabrá. Caminó para encontrarla a Ella exactamente en el lugar donde finalizan las piedritas, donde inician caminos nuevos, raros, pero muy nuevos; para levantar su mano, estirar sus dedos y apretar con fuerza aquellos deditos que extrañaba siempre que quería extrañar algo, quería colocar en su mirada los ojos negros que tanto tiempo atrás lo despertaron por las noches, encontrar en ellos el sabor de una sonrisa asomándose a la comisura de sus labios y no frenarla porque él, sus labios, su risa, al final de aquel camino fueron, son y serán libres. Alrededor el eco de mundos que caen sobre ellos que seguro son como murmullos, el cosmos de lo restante no existe más. Tenía la certeza de llegar a Ella y llegar a sí mismo.


Nuestro héroe quería el mundo en sus manos y el mundo era ella, pero no importa que tanto lo quisiera, cuando abrió los ojos sobre aquella almohada fría y sintió otra vez sus manos de nuevo vacías, al punto secas, tratando de palparlo todo pero sin lograr alcanzar nada, el nudo en la garganta le dijo otra vez aquella como tantas otras madrugadas – sos lo que debes ser – y no pensó más en sus sueños insoñables, en dos corazones tan similares, ni en esa otra vida que siempre se antojó más verdadera que esta, tan fácil de ver por el simplón más cualquiera, tan dura de vivir por nuestro soñador innato. Es así como apretando los parpados para no dejar entrar la luz, cerrando muy fuerte sus manos, para que no anhelen más y encorvando su espalda, protegiendo el corazón decidió tener para siempre los pies pegaditos al suelo; las estrellas implican sangre, implican fuego, conllevan cambio y el cambio, miedo. Así que en ocasiones de vez en vez su corazón despliega blancas alas que hacen sombras sobre su vida, y él las pellizca, las pellizca muy fuerte, para que les duela y no se eleven. Toma como siempre su alma y camina muy despacio sobre todo lo que “es” tan materia, logra olvidar todos los días el niño que llegó a ser, logra olvidarla a ella y sobre su cuerpo predecible el peso de sonreír, sin importar lo que dicten las briznitas del mes, le enloquecen el espíritu y le dan cordura a la vez.



daf