Una vez más, frente a una hoja en blanco se le antojó, como a veces se le
antojaba, maldecir terriblemente a quien sería su amor o a quienes serian sus amores,
y no le valió el recuerdo de su piel o de sus pieles, ni el dejo salado que estaba
ahí aún en su boca, las esquinas de todas las caricias que estaban raspando su
memoria tampoco valían, valía ese momento, esa soledad apestosa, ese olor a
carne húmeda, el sonido del alfiler que cayo y que escuchó porque no había
nadie para impedírselo, cayo y el sonido se fue y ella quedó.
daf.